MANUEL CHRISTOPH HORN

 Arte Contemporáneo, Cultura Visual

El performer como antagonista

 

enero, 25, 2013

SPENTSAS, Aris, SÁNCHEZ RUFETE, Rosana, La silla entera, 2013.

 

 

El 21/01/2013 se llevó a cabo un ciclo de performances por parte de los alumnos de la asignatura “Nuevos espacios escenográficos” del Máster de producción artística de la UPV. Estas performances tuvieron lugar en el Carme Teatre de Valencia, ocupando el espacio escenográfico y generando de esta forma un peculiar híbrido entre el teatro y lo performático.

 

Mayor logro de este traslado a lo escénico es sin duda la remodelación contínua del escenario a medida que las diferentes performances lo iban transformando, convirtiéndolo en un espacio de tránsito en el que cada acción deja su huella.

 

El hecho más problemático, sin embargo, es el alejamiento que tiene lugar en este espacio, en el que la propia arquitectura impone una separación limpia entre espectador y performer. Aun así dos performances trangreden esta relación predefinida. Una de ellas, que me llevó a escribir este texto es la acción que realizaron Aris Spentsas y Rosana Sanchez Rufete. Se trataba de una selección aleatoria de dos espectadores como “espectadores privilegiados” que ocuparían sus asientos al principio y al final de una especie de objeto fálico hinchable. Mientras uno de los dos asientos si que quedaba integrado en el espacio previsto para el público, el segundo estaba en un lateral del escenario. Este me tocó a mi, por desgracia y por suerte. Por desgracia, porque me pasé durante todo el tiempo de la función preocupado por lo que me fuera a pasar durante esta, maquinando de forma paranoica en el interior de mi cabeza las fantasías más extravagantes alrededor de ser puteado en directo. Por suerte, porque de este hecho nace el siguiente post.

 

Para exlicarme mejor me gustaría partir de dos performances más:

 

La performance con la que concluyó la “obra de teatro“, una especie de juego del espejo entre los dos performers, que hablaba de las relaciones de amistad y de desconfianza y competitividad que puede haber en ellas, se saltaba las restricciones del espacio escénico y asalta al público. Al hacer esto, los dos performers, Álvaro Terrones y Santiago López Fernández, atraparon a los espectadores exaltados en medio de la línea del espejo imaginario,  impidiéndoles ver a ambos performers al mismo tiempo. Cadauno a un lado del pasillo, efecto es la división de las miradas, la pérdida de control y la reubicación del espejo que genera la simetría en el propio público, que no puede abarcar la acción. De mientras ambos interactuaban con los espectadores. Yo también acabé con un culo en mi cara. ùnico momento real de interacción conmigo, pero esto no me quitaba el estrés de que en cualquier momento cualquier cosa pudiera suceder. La sensación al salir de mi confinamiento apartado del resto del escenario era la de un superviviente aliviado, que había superado una situación tensa.

 

A lo que me refiero es a una inversión de lo que otra performer, Odette Fajardo Montaño, realizó en su espectacular performance. En un principio se ata los pantalones con cinta aislante a las piernas, para pasar a repartir piedras de dos sacos en el suelo de forma circular. A medida que va trazando el círculo ello ya solamente pisa las piedras, hasta que este esté completo. en este momento ella se comienza a llenar los bolsillos agujereados de piedras del círculo trazado, que van a parar en el pantalón acumulando peso. Cuando ya peso y dolor de pies se hacen insoportables para el espctador de tan solo verlo, corta el pantalón con un cuchillo para liberarse de la tremenda acumulación de piedras a lo largo de la performance. Lo que Fajardo nos hace sentir es a través de la identificación con ella su propia angustia como cuerpo del martir.

 

Lo que yo propongo como inversión de este proceso es ser identificado como el otro por el performer. De esta forma el performer se vuelve antagónico, es un ente que se presenta delante de un público asustado como un obstáculo superable. El haber estado a la altura de la prueba tendrá dos efectos: El primero es catártico, un sentimiento de heroicidad ante la superación de una situación difícil ante la que es imposible quedarse indiferente, al fin y al cabo, esta performance sería un ataque a tu integridad. La segunda es el viejo dilema de la creación comunitaria a través del teatro. Esta sucedería a través del performer, que se constituye como una amenaza común. Pero no creo que esto pueda pasar facilemente en una distribución polar del espacio, con sus roles asignados, como lo es el teatro.